#MujeresQueEscriben

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Por Patricia Fagan

No quiero recordar pero recuerdo aquella mañana nublada de mayo. Había pasado mi cumpleaños número cinco. Íbamos caminando en silencio, de la mano. Vos, con la tristeza que te pesaba en los hombros, yo, que no sabía qué pasaba pero lo intuía. La calle estaba vacía, no recuerdo qué día de la semana era, posiblemente sábado o domingo porque se notaba en la quietud del barrio.

Caminábamos con el paso cansado de la pena. Llegamos a la casa de la abuela, golpeaste la puerta o tocaste el timbre, no sé si tenía timbre. Después de unos minutos eternos, la puerta se abrió, la abuela apareció con los ojos rojos, quizás había estado llorando. Me miró y me abrazó tan fuerte que a partir de ese momento pasé a formar parte de ella.

Le dijiste: “Vieja (como cariñosamente la llamabas), le traje a la nena”. ¿Qué significaba eso? Pronto me daría cuenta.

Seguramente llevabas un bolso o valija con mi ropa. Ese bolso o valija me dieron la pauta que no volvería a mi casa, sino que me quedaría allí, con los abuelos.

Entramos, te quedaste hablando con la abuela mientras yo me sacaba el tapadito marrón de tweed con doble abotonadura y el gorrito color té con leche, que me habría tejido alguna tía abuela. Fuí reconociendo cada lugar de mi nuevo domicilio. Tenía lista en la cocina una sillita de madera y asiento de paja en la que por mucho tiempo tomé la leche con algún sánguche. 

La abuela empezó a guardar mi ropa en el placard después que te despediste de mí, creo que hasta tuviste ganas de pedirme perdón, ¿pero de qué? Yo no entendía qué pasaba y vos no sabías cómo decírmelo. Creo que no sabías qué hacer, seguramente tendrías que acomodar muchas ideas y sobrellevar tristezas. 

Con el correr del tiempo y escuchando conversaciones familiares, supe que mamá se había ido esa mañana de casa a empezar una nueva vida, nos había dejado a vos y a mí. 

Silencio. 

Quiero olvidar.

Al principio era todo raro, el ambiente triste, a pesar de los esfuerzos de la abuela para que mis días transcurrieran de la mejor manera. Pero siempre la esperaba.

Con el tiempo todo se fue normalizando, la abuela cocinaba, yo estaba ahí, la abuela planchaba, yo estaba ahí, salíamos a comprar juntas, me leía cuentos a la hora de la siesta, siempre me leía Las Mil y una Noches, creo que le gustaba a ella.

A veces me despertaba haciéndome un broma acerca de una propaganda que pasaban en la radio, era de un vino, vino Pángaro y la propaganda decía: ”¿Sabés quién vino? Vino Pángaro” y los locutores se reían y festejaban. Entonces ella se acercaba a mi cama y me decía “¿Sabés quién vino?” Enseguida me alegraba porque pensaba que me iba a decir que había venido mamá a buscarme. Pero cuando decía “Vino Pángaro” la tristeza y decepción me embargaban, la alegría y expectativa se borraban de mi cara para dar paso a la nada misma. Todo iba a seguir igual.

No quiero recordar, pero lo hago. 

La abuela nunca supo que ese chiste me destrozaba el alma, siempre oculté mis sentimientos, o lo aprendí, no lo sé, la memoria no me ayuda. Tantos años pasaron, más de 60 y aún recuerdo aunque no quiero.

 

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