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Lara tiene 32 años pero cuando conoce a Dante miente que tiene 30: él, de 25, es “el niño”. Después de un primer encuentro durante un viaje de trabajo, Lara y Dante empiezan una relación vertiginosa donde predomina el sexo, las expectativas desmedidas y la violencia cotidiana. 

Así empieza “Siempre las sombras”, la segunda novela de la escritora argentina Mariana Skiadaressis, publicada por la Editorial Nudista, de Córdoba.

En medio de la relación sexo afectiva que protagonizan Lara y Dante, Skiadaressis construye una atrapante subtrama que abarca la política en la Patagonia, el mundo del trabajo publicitario, las amistades que marcan una vida y las familias que no pudieron ser.

Mientras tanto, en esta narración en primera persona la violencia se expande como una mancha, crecen los excesos para disimular el dolor, y Lara ve cada vez menos.

-En la contratapa de “Siempre las sombras”, Ariana Harwicz se refiere al deseo como uno de los temas latentes en el texto. ¿Cómo trabajaste eso en el personaje de Lara?

Sabía desde el principio que quería contar una historia sobre el deseo femenino sin disciplinamiento, un deseo que no es comprensible pero que es verosímil, modelado al calor del porno y los mandatos familiares, estos últimos más perversos que el porno mismo. Me propuse hablar del deseo de la manera más descarnada posible. En “La felicidad es un lugar común” (2018) también se habla de deseo femenino en relación con los mandatos, pero de una manera más amable y graciosa. En esta novela me interesaba dejar un sabor amargo, porque no todo deseo es una pasión alegre. También estamos hechos de sombras.

-Hay una línea fina entre placer y dolor que maneja Lara en toda la novela, y que hacia el final se estrecha cada vez más. ¿Por qué te interesó abordar ese tema en la historia?

Un poco por lo que decía antes: el deseo no es todo color de rosa, ni para Lara –la protagonista- ni para nadie. Esa compulsión a la positividad y al optimismo tan de moda en los discursos de influencers de la vida sana y las redes sociales en general a mí no me interpela en lo más mínimo y hasta me parece dañina. Hay un libro que se llama “Optimismo cruel”, de Laurent Berlant, que aborda los aspectos problemáticos que tiene la positividad absoluta como forma socialmente aceptada, porque no es otra cosa que un deber ser que coincide con la retracción del Estado de bienestar a nivel global. La novela no es de crítica social, eso es claro, pero me interesa esta idea de que la positividad sin matices es peligrosa.

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-La protagonista de tu historia trabaja en publicidad, ese mundo está muy detallado en el libro. Lo mismo sucede con la subtrama política en la Patagonia. ¿Qué te interesaba mostrar de eso? 

Me interesaba mostrar las miserias del mundo del trabajo, en este caso el de la publicidad, la mezquindad de todo jefe del ámbito privado no distingue rubros creo yo. Y la política no deja de ser un ámbito laboral, tiene más mística para el que no lo conoce, pero me interesaba sobre todo hacer funcionar al personaje en un mundo más bien masculino, para reafirmar el carácter de Lara en su propia contradicción: se mueve con soltura entre hombres a la vez que se somete a uno. Quise sacar a Lara de una posible posición de víctima, porque ella no lo es.

-Las amigas de Lara son mujeres bastante distintas a ella, sin embargo las une la búsqueda del ideal del amor. ¿Cuál pensás que es el peso de las amistades en esta historia?

Al personaje de Lara lo concebí con amigas, tiene que ver con posicionarla en un espacio social determinado, clase media urbana que se junta a tomar cerveza y charlar, una práctica reconocible. Las amigas son bastante tradicionales, quizás más que ella, pero es cierto que las tres están en la búsqueda del amor o de la pareja, no lo había pensado hasta que lo marcaste. Conservar a las amigas de la secundaria habla de Lara como una persona que se ocupa de sus afectos por fuera de su familia núcleo porque los necesita.

Texto: Rocío Cortina

Esta nota fue publicada originalmente en El Grito del Sur

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