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Facturas con pastelera

Mercedes Turquet*

Llega al cuarto el olor de la sopa que hoy te tocará por almuerzo. La luz que entra por la ventana dicta que habrás dormido de corrido unas tres horas, mientras las memorias del sueño van cobrando forma a toda velocidad y se independizan del ambiente real, en ese espacio confuso lo escuchás a él que te dice sin énfasis: “¡Hoy vuelvo tarde!”. Y ya lejos, con la puerta cerrada de por medio, desde el pasillo hace eco la ofrenda: “¡Si necesitás algo mandame mensaje!”.

Si tan sólo te hubiera dejado unas facturas antes de irse. Con pastelera. Eso también parece un sueño. Pero ahora existen muchas más reglas sobre alimentación y vestimenta. El azúcar, los lácteos, las harinas blancas, los conservantes… quién sabe qué puede desencadenar un acceso fatal de cólicos en el bebé, o lagañas moquientas, o mocos persistentes en esa naricita minúscula.

Es de mañana, momento que diferenciás del resto por el dolor fresco del día nuevo, los ojos ardidos de la noche pasada a los sobresaltos, por el hambre y la bendita soledad, y te preguntás, otra vez, por qué nunca nadie te dijo todas esas cosas, no podía ser que vos fueras la única persona. Tendría que existir un cuento para leer en la infancia que comience: “Habrá una vez, que de así decidirlo vos, tu mundo se achicará…”

Quizás fue como todas esas cosas que te han dicho alguna vez pero que igual no escuchaste. Como Ana, que señaló con luz bien clara el trato desigual de tu pareja cuando le contaste la discusión sobre el orden de los apellidos del bebé, o tu mamá que advirtió lo extrañamente convencional —para vos— de la idea del casamiento.

Más tarde, cuando logres ubicar bien al bebé en el rebozo sobre tu pecho, vas a probar que desde allí la remera para amamantar le permita acceder a la teta sin demasiado esfuerzo. Saldrás para el lado del parque y, como quien no quiere la cosa, vas a parar en un kiosco y comprar una Coca Mini y un Shot. Masticarás el chocolate con pasión y tomarás la Coca de a sorbitos al sol. Después vas a tirar en el tacho de la plaza todos los restos de tu insubordinación.

Con suerte, te vas a cruzar con alguna vecina con los nenes en la plaza y te va a convidar un mate. Vas a aceptar uno, dulce y quemado, pero qué bien tomar un mate. Con los ojos cerrados vas a evocar la cara del homeópata chino sancionando: «El mate enfría la sangre, no es bueno para el bebé, mucho Ying». Y vas a sonreír y pasar la lengua por los dientes para recuperar los sabores que después de un rato vas a eliminar con una buena cepillada.

 

*Mercedes Turquet nació en San Martín (Buenos Aires), es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UBA y docente.

Foto del post: Laura Sofía Muiños, @laurasofiamui

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