Por Gabriela Wiener en “Llamada Perdida” (Fragmento)*
La tarde del 24 de setiembre de 2012 moría Isabel Allende, y esas señoras que creen haberla conocido de toda la vida, como si cada línea salida de su pluma hubiera sido escrita pensando en ellas, encendieron velas aromáticas en los altares de sus habitaciones y rodearon de piedras energéticas sus ejemplares de Eva Luna. Mi madre, sin ir muy lejos. Miles de personas conectadas a esa hora a Internet lamentaron públicamente la noticia. Y el mundo de las letras se preparó para rendirle su hipotético (y condescendiente) homenaje: «Era dueña de una vocación inquebrantable que la llevó a vender millones de libros». O «más que una escritora fue un fenómeno cultural». Pero Allende sólo había muerto en Twitter, como hoy mueren tantos antes de morirse. Unos minutos después revivió en el mismo lugar donde había fallecido. «Estoy muerta, pero de risa», escribió en su cuenta en la red.
¿Cuál habría sido el legado de Allende si hubiera muerto esa tarde de setiembre? Un hijo, un esposo, tres nietos, una perra, un puñado de bestsellers y la opinión, más o menos generalizada entre críticos literarios, de que la escritora más leída en lengua castellana es una mala escritora. Debe ser divertido eso de tener haters de la talla de Bolaño o Poniatowska. Isabel Allende ha cumplido setenta años. Su muerte, por tanto, ha comenzado a ser algo verosímil, incluso para ella, aunque, como en algunos de sus libros poblados de fantasmas, la autora de La casa de los espíritus no vea la muerte como un final.
—Yo vivo siempre con la idea de que lo que estoy experimentando es solamente una partícula de la realidad —me dijo la mañana en que la conocí en México—. Hay miles de dimensiones a las que no tenemos acceso.
Isabel Allende cree que todo es posible.
Cuando aparece en el aeropuerto de Ciudad de México, hay una cosa que no puedes dejar de pensar por más que la parte profesional de tu cerebro lo intente: Isabel Allende es más pequeña, mucho más pequeña de lo que imaginabas. Viste de negro, lleva tacones superlativos, largos aretes, collares dorados y un bolso que colgado de su brazo se ve desmesuradamente grande. Es muy coqueta. Su pasión por los accesorios es evidente: le encantan los pañuelos para el cuello, las túnicas de la India, las joyas. Luego me enteraría de que ella misma hace anillos, pulseras y cadenitas para sus amigos. Esperar a una celebridad literaria te parte en dos. La parte más profesional de tu cerebro se alinea instintivamente con la crítica, con la literatura consagrada. El resto de ti quiere entregarse al show business. Son muy pocos los escritores que logran ser celebridades. Es un hecho que nadie que quiera ser famoso debería siquiera considerar la opción de escribir libros. Pero ella lo es, ni más ni menos que Stephen King, García Márquez o J. K. Rowling. Ver a Allende en persona es como sentarse a ver una peli con una bolsa de popcorn en la mano: hay entretenimiento para rato. Nos han invitado al congreso La experiencia intelectual de las mujeres en el siglo XXI. Mañana por la noche es su intervención. Debe llegar media hora antes de su charla magistral para que puedan maquillarla.
—Ah, no, a mí nadie me maquilla —dice inflexible—, que luego me dejan tan pintada como una puerta.
La segunda cosa que no puedes dejar de pensar cuando conoces a Isabel Allende es que se comporta como si el mundo fuera un escenario sobre el cual ella, montada sobre sus empinados tacones, coloca un banquito para verse aún más alta y hacernos reír. La manera como te hace reír es, por lo general, riéndose de sí misma. En el lapso de unos minutos es capaz de declarar en público cosas como «todavía puedo seducir a mi marido siempre que se haya bebido tres vinos», «tuve un sueño erótico en el que Antonio Banderas estaba desnudo sobre una tortilla y cubierto de chile y guacamole», «me casé con un pene» o, como me diría durante su ruta al hotel, «afortunadamente tengo marido porque si no tendría que poner anuncios en la web del tipo: abuela latina, setenta años, bajita, busca compañero. ¡Qué horror! ¡No contestaría nadie!». Y advierte que no responderá ninguna pregunta hasta mañana.
Desde el auto que ha partido del aeropuerto, Allende mira los suburbios chilangos y se acuerda de lo que hizo la última vez que estuvo en México. Yo miro su perfil contra la ventana y pienso en la posteridad. Para una persona que, como yo, tiene más miedo de la desaparición que de la muerte, estar a su lado es como estar al lado de un inmortal o por lo menos de alguien que no desaparecerá tras una insignificancia como la muerte. También pienso en mi mamá y en lo que debió pensar cuando circuló el bulo de que Allende había muerto. Y no quiero admitirlo, pero es probable que incluso piense que Isabel Allende de alguna forma es mi mamá por lo que tiene de personaje entrañable en el que preferiría no convertirme. Tal vez sea el efecto pañuelos en el cuello, aretes largos y aura chamánica. O que no quiero ser una señora, aunque irremediablemente eso es lo que soy o seré. Allende ha llegado a México acompañada por una mujer alta, muy delgada, pálida y discreta. Es Lori Barra, directora ejecutiva de la Isabel Allende Foundation, la mujer de Nicolás Frías, su único hijo, una especie de álter ego americano a quien le va contando en inglés todo lo que nos sucede.
Los libros no son para la gente lo que los críticos literarios dicen que son. Supongo que no soy la única que leyó a Allende por culpa de su madre. Vi los libros en su mesa de noche y no me los prestó, me los robé (el único que no pude leer fue Paula porque mamá me lo prohibió, aunque la vi leer, mientras ríos de lágrimas cubrían su rostro, la historia de una madre a la que se le muere una hija). En cambio, a García Márquez me lo dio a leer mi papá para que apreciara la gran literatura. Ninguna de estas dos corrientes de pensamiento anuló a la otra. Siempre entendí muy bien lo que representaba cada cosa, y en esos distintos espacios de la imaginación y la afectividad han estado alojadas todo este tiempo. ¿Cómo no relacionar mis lecturas con las experiencias que vivía en esos momentos? Por supuesto, cuando entré a la Facultad de Literatura yo también dije «Isabel Allende es subliteratura», y así me sentí más inteligente. Divagar al lado de ella mientras su auto llega al hotel hace que crezca una tensión dentro de mí. ¿Cómo romper el hielo cuando me ha pedido que me calle? Mientras superamos lentamente el tráfico del D. F., la parte profesional de mi cerebro escucha cómo le pregunto.
—¿Cuánto mides?
—Un metro cincuenta —contesta—. Ahora todo el mundo está mucho más alto. Pero cuando yo era joven la gente era más chica.
Y acto seguido la Isabel Allende performer, monologuista, showgirl, agrega: «El único lugar donde me siento bien es Tailandia porque en Estados Unidos, donde vivo, todo el mundo es enorme. Mis nietos son altísimos». Lo dice con su acento chileno intacto y esa música aguda de ciertas palabras que ordena una tras otra con la misma velocidad incontenible de su prosa dicharachera. «Tenemos los mismos genes, pero no sé, debe ser la comida. Si estoy en un cóctel, lo único que veo son los pelos de las narices de la gente porque estoy muy abajo, y me caen encima todos los camarones que a la gente se le escapan de los platos. Es muy difícil ser baja en esta época.» Ahora me habla y me pregunta ella. No tiene un pelo de tonta: la mejor forma de callar a un preguntón es interrogándolo. Me pregunta si tengo hijos. Yo por sus nietos. Me pide que le enseñe una foto de mi hija en el teléfono. Cosas que hacen las señoras mientras van en un carro. «¡Qué preciosa!», dice. Pero ella no me enseña nada.
Isabel Allende es a la literatura en español lo que Shakira al pop latino: ambas tienen algunos hits divertidos y pegajosos, con algún mensaje más o menos dogmático, y tienen fans que llenan estadios. El pop, esa expresión de lo efímero, hace paradójicamente imperecedera a Allende. Le han sucedido desgracias, pero ella da la impresión de tomarse muy en serio su misión de entretener. Parece vivir en la impunidad qe sólo pueden permitirse los que, sea como fuere, nacieron con el don de divertir a muchísima gente. Porque Allende no sólo forma parte de la gran industria del entretenimiento, sino que también vive en consecuencia. Cuando alguien se acerca a su mansión de California, donde escribe con vistas espectaculares a la Bahía de San Francisco, y le pregunta a qué piensa dedicarse en sus últimos años de vida, ella siempre responde lo mismo: «Continuaré haciendo libros». No es descabellado pensar que, cuando muera, Isabel Allende seguirá escribiendo en el más allá.
Allende es un blanco fácil para los canonizadores de la novela. Es posible que no muchos críticos de la autora estén dispuestos a admitir que la virulencia de sus embestidas contra ella se basan en prejuicios: la suya es la biografía de una mujer de origen burgués que escribe una columna feminista en una revista de moda allá por 1970 y, sin formación académica y con una limitada cultura literaria, empieza a publicar novelas a los cuarenta años, hace de lo autobiográfico su marca y sus obras se agotan en los supermercados. En un mundo donde las cosas más idiotas suelen ser las más populares, cincuenta millones de ejemplares vendidos sólo pueden disparar la sospecha.
Pero ponte en su lugar: haz el intento de apellidarte Allende en Chile, exíliate, divórciate, cría a tus hijos, vive una doble vida, dedícate al periodismo y a escribir novelas, sé parte de esa generación de mujeres latinoamericanas que hizo todo esto a la vez y triunfa bajo la todavía alargada sombra del Boom, un movimiento donde no había una sola mujer escritora de verdad, donde sólo había esposas amantísimas que lo hacían todo y todo lo hacían bien para que sus esposos pudieran terminar sus libros y ganar algún día el Premio Nobel. Anímate a escribir en el extremo sur del continente sobre emociones y sexo en lugar de sobre túneles y laberintos. Y entonces postúlate para a la eternidad.
Ahora haz el intento de sostener una carrera literaria durante tres décadas con semejante productividad e idéntico éxito. Inténtalo, además, con algunas novelas que estén bien hechas. Porque las de Isabel Allende lo están: allí hay una voz y una imaginación que se nutren de experiencias nada librescas. Isabel Allende arma su relato en torno a la simplicidad y a veces sucumbe a la lágrima fácil, al encaje y a la blonda, en cambio su expresión se apoya en la riqueza de los relatos familiares, en la comedia y el drama cotidianos, y en el conocimiento de un lado del universo femenino, con intención a veces humorística y desmitificadora como ocurre en La casa de los espíritus. Otras veces, como en Eva Luna o El plan infinito, lo coloquial y el ingenio de su prosa la hacen más cercana y confesional. En sus libros, la historia ha sido relevada por la memoria, y por fin parece que el sexo es parte del hogar y no sólo el reino de las poetas del cuerpo. En Paula, la crónica de las semanas que esperó que su hija despertara del coma, quizá el mejor de sus libros, describe el sufrimiento de un marido en presencia del cuerpo amado pero irrecuperable de su hija. En Isabel Allende la conciencia de lo humano llega a unas cotas a las que su propio lenguaje no llega. El resultado de su aventura ya lo conocemos: pocos como ella han creado una relación tan sólida con sus millones de lectores, una relación basada en algo misterioso y adictivo que ellos encuentran en sus páginas y que el mercado se ha encargado de convertir en necesario año tras año, algo que burla cualquier lógica que no sea la que gobierna ese estrecho e indestructible lazo. Isabel Allende no es Virginia Woolf, no es Clarice Lispector, no es Alice Munro, y, sin embargo, tampoco es una bestseller al estilo Dan Brown —y su simplona visión esotérica del policial—, a quien no le caen ni la mitad de los dardos que recibe ella. Pero Dan Brown ya casi no existe. Isabel Allende, en cambio, pasará a la historia, aunque no sea eterna.
¿Cuál es la fecha de caducidad de un escritor popular tras la publicación de su último hit? En este congreso-sólo-para-mujeres he vuelto a escuchar nombres que llevaba años sin oír: los de las mexicanas Laura Esquivel y Ángeles Mastretta, por ejemplo. Y lo primero que he pensado ha sido «¿siguen vivas?». Ayer vi andar a la autora de verdaderas bombas comerciales como Arráncame la vida y Mal de amores (con la que Mastretta además ganó el Rómulo Gallegos) por los pasillos del Palacio de Bellas Artes con su rostro de pómulos pronunciados, su cuidado peinado de peluquería y sus movimientos frágiles, y fue como volver a los ochenta. En la Wikipedia uno se entera de que ha seguido publicando libros. En las últimas dos décadas del siglo XX, los nombres de las tres sonaron dentro de lo que se etiquetó como «literatura femenina» —una suerte de derivación de la literatura de verdad con tendencia a la escalada cursi y al regodeo lacrimógeno—, de la que Allende sería la máxima exponente. Tras esos años dorados, al parecer, la tendencia murió de éxito y sólo ella ha seguido en los primeros puestos de venta. Después del éxito de Como agua para chocolate, Esquivel se refugió en un palacete a las afueras del D. F., se lanzó para diputada y ahora da talleres y publica libros del tipo 12 pasos para ser feliz. Años después de esa descomunal ingesta de cacao, Allende también hizo su propio libro sobre sexo y cocina: Afrodita, un recetario para encontrar al amante ideal o, lo que es lo mismo, un libro de ésos que decreta instantáneamente tu destierro de la literatura en mayúsculas.
Al día siguiente de su llegada a Ciudad de México, Isabel Allende ya está esperándome, perfectamente maquillada, como ayer cuando se bajó de un avión. En minutos estamos tan cómodas en la salita con wifi y desayuno americano de frutas frescas, charlando sobre las razones por las cuales las mujeres se identifican tanto con sus historias y con esa visión optimista del mundo donde las relaciones y emociones de los personajes son lo más importante. Cuando le saco el tema de sus odiadores profesionales, ella está repitiendo lo que ya le hemos oído decir tantas veces acerca de cómo el adjetivo «femenino» acaba por rebajar la producción literaria de las mujeres, que llevan años luchando contra la segregación. Sobre todo me intriga saber qué siente al ser juzgada no por un crítico, que es algo fácil de soportar, sino por otro escritor o escritora, más aún si estos autores gozan de prestigio.
—Sobrellevo la mala crítica como sobrellevo el éxito —me dice en un tono que de rutinario y displicente empieza a tornarse enérgico y orgulloso—. Y me doy cuenta de que, curiosamente, Elena Poniatowska no opina sobre otros escritores. ¿Por qué opina sobre mí? Porque vendo libros.
Los ejecutivos que se reúnen en este hotel podrían confundir el nombre de Poniatowska con el de una tenista rusa.
—Opinar sobre mí la hace a ella más visible —contraataca Allende—. Nadie le preguntaría a Poniatowska qué opina de mis libros si no fuera porque se están vendiendo. ¿Bolaño? Nunca habló bien de nadie. Era un muy buen escritor y una persona odiosa.
Bolaño la llamó «escribidora», para ser exactos. Burlarse de Isabel Allende no es un signo de inteligencia, sino parte del folclor literario latinoamericano.
—Hay gente que dice que soy un genio, ¿me lo voy a creer? Yo tengo un trabajo que hacer. Hasta ahí llega mi responsabilidad.
En este instante de la conversación, Isabel Allende se pone seria. Pero tampoco demasiado.
Es verdad: Isabel Allende no acepta que nadie la maquille. Lo dijo ayer en el aeropuerto y se me quedó grabado como la prueba de algo. Pero este detalle de rebeldía dice menos de su compromiso contra la esclavitud de la belleza, curtido en el feminismo, y más de su vanidad femenina: Allende se maquilla sola porque así luce mejor. La veo darse unos retoques frente a un espejito. Dentro de unas horas dará su charla magistral en el Palacio de Bellas Artes ante cientos de personas, entre las que estarán el presidente de México y su esposa. En media hora saldrá al aire en una entrevista especial para un noticiero en esta misma sala, y por eso se empolva la nariz. Está vestida con una blusa naranja, falda y un suéter negro abierto. Se prepara. Le digo —sinceramente— que luce genial.
—¡A pesar de la edad me veo muy bien y cuesta una fortuna! Pero no soy una esclava de la moda —deslinda—. Me irrita la estupidez de que haya mujeres que crean que les va a cambiar la vida porque se cambian de color de pelo.
Lleva el cabello teñido de castaño rojizo y le da unos golpecitos a las puntas para crear unas leves ondas. Las acomoda sobre sus orejas. Hoy, por cierto, se celebra el Día de la Mujer, y estar con Isabel Allende es una forma lógica de celebrarlo. Su fundación, sus proyectos solidarios y reivindicativos en favor de las mujeres, la tienen ocupada en conferencias la mitad del año.
—Teniendo tanto poder y recursos —remata—, en vez de ayudar a mejorar las condiciones de las mujeres, las aplastan con condicionamientos estéticos.
Allende lo dice convencida. Pero esa convicción no impidió que hace unos años se hiciera la cirugía. Se estiró el rostro y eliminó algunas arrugas.
—Sí, ¿y qué les importa? Claro que me hice la cirugía plástica. Y si no le hubiera jurado a mi hijo que no me la iba a hacer de nuevo, lo habría hecho otra vez.
Isabel Allende habla de su único y mimado hijo como si hablara de un marido celoso y controlador.
—A mi hijo no le gusta ni que me maquille —dice—. Pero hasta ahí dejo que llegue su influencia.
La novelista es, después de todo, una mujer clásica a la que criaron como a una señorita, pero que trabajó para liberarse a través de la literatura. Ahora siente la premura de justificar a su hijo y su aversión al maquillaje.
—No le gusta que uno se someta a ese punto de vanidad. Mi nuera no usa maquillaje, mira lo linda que es —dice señalando un lugar en la sala—. Va a la peluquería sólo dos veces al año. Ése es mi hijo: le gusta sencilla y natural. Yo le digo: «Lori, te verías mucho más guapa con un poco más de lápiz de labios». Pero a él no le gusta.
Allende es una abuela rebelde que vuelve a ser adolescente ante la autoridad de su hijo.
—¿Y te vas a volver a operar?
—Ahora mismo no, pero en cinco años quizá otra vez la cara. Hay que tener cuidado con la cirugía plástica porque de qué te sirve tener la cara estirada si las manos no se pueden operar, si vas a caminar como una viejita.
Cuando dice esas palabras está hablando de sí misma o de lo que teme que pueda ocurrirle o de lo que tarde o temprano le ocurrirá. Si cumple la promesa que le hizo a su hijo, a partir de ahora sólo el tiempo modelará sus formas.
—No hay nada más ridículo que esas mujeres que uno ve en Los Ángeles estiradas como si las hubieran planchado y que se nota que son ancianas —sentencia—. Hay que tener sentido común.
Dice Allende que su filosofía de la vida la parió en los tiempos en que trabajaba en Paula, una revista para mujeres que equilibraba como pocas la frivolidad y la profundidad, la moda y los problemas de la mujer.
—Desde ese tiempo no he dejado de ser femenina, sexi ni feminista. Sí se puede.
Difícil hallar a algún escritor que sea un dedicado lector de Isabel Allende. El día en que recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile, algunos de sus colegas y paisanos se mostraron indignados. El escritor Alejandro Zambra, por ejemplo, dijo que era «como si le hubieran dado el Nobel a Paulo Coelho». ¿Quiénes recordarán su obra cuando ya no esté? ¿Para quién escribe Allende? No lo hace sin duda para el escritor argentino Patricio Pron. El autor de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (¡qué apropiado!) cree que no vale la pena leer a Allende.
—Sus libros se apropian de los procedimientos y de las formas más notorias del Boom —un proyecto cultural y literario progresista en su origen— y los pone al servicio de una visión conservadora del mundo de acuerdo a la cual la latinoamericanidad —cualquier cosa que esto sea— únicamente puede vivirse de una manera y, si se es mujer, sólo desde la cocina.
Pron me dijo que colgaría esta respuesta en su blog de reseñas de libros, en la sección «Preguntas de los lectores».
—En ese sentido, es como si Allende fuese uno de esos ladrones de cuerpos de los filmes de ciencia ficción de la década de 1950 —añade—. O como una monstruosa tenia o parásito intestinal que hubiese devorado a su dueño por dentro.
Si alguien hiciera una antología llamada Grandes momentos de la crítica contra Isabel Allende, allí merecería estar la de Pron, la visión de una escritora zombi y chupasangre. Pero para ser justos, la obra de Allende no ha seguido una sola receta: versionó el realismo mágico apenas en un par de libros —sus detractores sólo intentan leer y fusilarla por una de sus obras— y ha incursionado en las memorias, la novela política, la histórica y hasta la literatura juvenil. Sería una inexactitud tildarla de literatura rosa porque, a diferencia de Corín Tellado y sus secuaces, las protagonistas de las ficciones de Allende —entre las que incluiré a la propia autora— son mujeres que no sólo vivieron la revolución sexual, se independizaron, leyeron a Simone de Beauvoir y tomaron la píldora, sino que también influyeron en su propia realidad.
Envié una decena de correos electrónicos a algunos autores para que me dieran su opinión sobre Allende. La verdad es que hice un cálculo algo maniqueo, escogiéndolos según sus perfiles para conseguir algunas opiniones «diferentes», o lo que yo llamaba secretamente «favorables». Incluso los escritores, y sobre todo las escritoras, que creía ideológicamente más próximos a Allende me dijeron no ser lectores de su obra o aborrecerla, aunque no fueran capaces de declararlo. Ya sea porque les cae bien o porque, finalmente, queda muy feo ir hablando así de mal de una colega exitosa.
Santiago Roncagliolo, un «escritor hombre» que ha sido tan vilipendiado en el Perú como si fuera un «escritor mujer» y que ha vendido miles de ejemplares de su novela Abril rojo, también tiene una opinión sobre ella.
—En general, respeto los bestsellers. No es fácil conmover a millones de lectores en todo el mundo, y si alguien lo logra, lo admiro, aunque no escriba el tipo de libro que me guste leer.
Entre las virtudes extraliterarias de Isabel Allende, que son muchísimas, Roncagliolo dio con una admirable:
—Si hay algo que realmente admiro en ella es su capacidad para despertar el odio y la envidia de todos los esnobs de la literatura en español. De todas las obras de Isabel Allende, de la que más disfruto es la cara de rabia que ponen los escritores que se consideran serios porque nadie quiere leerlos. Gracias por fastidiarlos.
Norman Mailer decía que escribir libros con la intención de que sean bestsellers no es muy distinto de casarse por dinero. Con los libros, ese cálculo no siempre funciona. Un libro puede incluir todos los ingredientes para ser un ganador y fracasar. O puede ser un potencial perdedor y dar la sorpresa. Le pasó hace un par de años a María Dueñas en España: de profesora que no había escrito un libro en su vida se vuelve de la noche a la mañana una escritora superventas. Su novela El tiempo entre costuras funcionó gracias al boca-oreja, la editorial no se gastó un centavo en promoción. La historia de una modista española que pone un taller de costura en Marruecos vendió —y he aquí la frase tópica— un millón y medio de ejemplares y se tradujo a veintisiete idiomas. Le pregunté a Dueñas qué pensaba de Allende.
—Me deslumbró con La casa de los espíritus y la he seguido desde entonces. Admirable su talento y su energía, a pesar de los golpes de la vida. Un referente en la literatura escrita por mujeres, una inmensa inspiración, una maestra.
Dueñas sí que es una alumna aplicada, la chica nueva en el barrio de las escritoras superventas, esos fenómenos que siembran libros y cosechan colas de admiradores. Es también la continuidad de esa forma de entender el trabajo literario como el rescate de una memoria íntima, familiar y colectiva, perdida pero muy a la mano. Una de aquellas documentalistas del corazón que escarban y reordenan el pasado para devolverlo a la comunidad en una versión accesible, algo que el mercado agradece con todo su amor. Como si fuera sencillo escribir sencillo y ganar millones.
*Gabriela Wiener, Llamada Perdida, 2014, Editorial Malpaso.
