Estela en el río
Por Federico Mazaffra
Camino por la calle de tierra seca bajo el sol intenso. En Las Margaritas no andan muchos autos pero cuando aparecen son intempestivos, así que camino sobre un costado. Cada vez que pasa uno, o una moto y ni que hablar un camión, levanta tanto polvo que me hace picar los ojos.
Llevo a mi hermano Mateo de cinco años a upa. En verdad alterno entre cargarlo en los brazos y en la espalda. Vamos camino al galpón de mi papá.
—Vayan con su padre que tengo que ir al almacén del centro —me ordenó mamá.
—Yo quiero ir con vos —gritó mi hermano Lucas desde la mesa de la cocina. Cada vez que mi mamá va de compras él se entretiene haciendo cuentas mentales con los precios de las cosas. Nunca acierta. Apenas sabe contar de corrido hasta cien.
—Llevalo a Mateo nena. Lucas viene conmigo.
Mi papá es pintor. Trabaja en la municipalidad y cuando sale de ahí se mete en el galpón y todo a su alrededor desaparece, como si entrara a una dimensión desconocida.
Abajo de mi remera rosa y de mi short blanco tengo la malla. Siempre que vamos al galpón y hace calor, papá nos lleva al río, cargando una pequeña canoa para hamacar a Mateo. Amarra una soga a la canoa, sienta al chico exigiendolé que no se levante, y hace ir y venir la balsa con la soga como si fuera una extensión de su brazo en el río. Tiene las venas muy marcadas, es como si se sumergieran, enramadas, en el agua. A veces logra que Mateo se duerma. No tengo recuerdos que hiciera lo mismo conmigo.
Me divierte ir al río porque me encuentro con mis compañeras de escuela que viven a su vera. Somos un grupo de seis o siete, sin contar a Inés, Lidia y María que tienen quince y son como las hermanas mayores del grupo. Lidia se hace la directora de escuela con nosotras y nos ordena hasta dónde podemos nadar. Es la hermana de Caro, mi mejor amiga. Nos sentamos juntas desde primer grado.
—Lidia siempre se quiere hacer la mamá y no sabe ni lavarse el culo —dice Caro de su hermana.
Voy entrando al agua. Todas las chicas están a la mitad del puente viejo donde hay una plataforma de hormigón con algunos fierros oxidados. Es divertido tirarse desde ahí porque es profundo. Se siente como si te hundieras muy abajo y tardaras mucho tiempo en salir a la superficie. Es como si se detuviera el tiempo, el mundo y todo.
Hace mucho calor y arrastro sed desde la caminata en la calle de tierra. Olvidé tomar algo en el galpón. Entro al agua ansiosa y con fastidio. No me gusta el calor fuerte, a veces siento que me marea. Papá se queda a unos metros con Miguel y su canoa.
Nado en dirección al puente viejo. Cuando asomo mi cabeza para respirar veo flashes de las chicas tirándose de bomba desde el hormigón. Empiezo a sentir que están siempre a la misma distancia, parece que no estoy avanzando. ¿Habrá correntada? El río se veía manso desde la orilla.
El agua fresca no aplaca la sed y siento la garganta seca. Tomo del río y me da arcadas. Me quedo flotando en el lugar para descansar.
—¿Estela está en el río? —escucho un grito confuso y aniñado.
—¡Acá estoy! —grito y sacudo un brazo.
Veo que Caro levanta el pulgar y se tira al agua. Miro hacia atrás para ver a Mateo en la canoa. No lo veo a papá. Nado un poco más y vuelvo a mirar. Mateo no está en la canoa y papá no aparece. Decido cambiar de dirección y nadar hacia ellos.
La corriente que hasta hace un instante se sentía en contra, parece llevarme en tímidos y cortos empujones y el agua calma la sed y el sofocón.
Ahora los flashes que veo cada vez que saco la cabeza para respirar son de la canoa, que sigue sin Mateo. En una de esas respiraciones cortas en superficie veo de reojo que la costa también sigue sin papá.
Estoy cansada, agotada. Siento calambres en los brazos. Siento que estoy en un pozo y que descendí a lo profundo. Mi cuerpo hace movimientos desordenados y dejo de hacer fuerza. Cuando abro los ojos todo es cristalino. Veo ramas y ramificaciones rojas y violetas como si fueran venas gigantes. Siento una caricia con una calidez que me resulta familiar, cercana, maternal. Vuelvo a hacer fuerza con el cuerpo y con los brazos trato de llegar a una de las ramas más próximas. Me aferro. La abrazo y cierro los ojos como si hubiera conseguido un ancla. Vuelvo a sentir una caricia cálida aunque parece distinta. Duermo, duermo serena.
* Soy Federico Mazaffra. Estudié Psicología y trabajo con personas con discapacidad en dispositivos institucionales. Vivo en Villa Urquiza y soy oriundo de Trenque Lauquen (Buenos Aires). Desde que conocí la biblioteca de la escuela en primer grado disfruto de la literatura y la escritura: todos los recreos me sumergía en un gran cofre de madera donde estaban los libros para niñes y donde estaba la colección completa de Pajarito Remendado. Desde 2018 concurro al Taller de Escritura La Transformación, gracias al cual adquiero recursos para continuar con mi proceso de escritura, desarrollarlo, enriquecerlo, encausarlo. En ese marco conocí Salvatierra, la novela de Pedro Mairal que inspiró este cuento.
Imagen utilizada en el post: Sally Mann, Immediate Family (1992)