Antes quiero decirte algo
Valeria Baró*
Llegó a su casa agotado. Lo de siempre: clientes molestos en el local, productos importados, proveedores que no cumplían, precios por las nubes y el calor de Buenos Aires en enero. El día merecía terminar con una cerveza bien helada. Se sentó en el patio de su casa, tomó el primer trago y se preparó un sándwich. El gato de su vecina se acercó, y él pensó que hubiese preferido otra compañía, pero este gato hacía visitas esporádicas y como no era de él, no se tenía que ocupar de los cuidados.
Mientras acomodaba la computadora para ver una película, recordó que aún no había respondido el mensaje de su hermana. En dos semanas era el cumpleaños del padre y estaba organizando el festejo familiar. Como ella le dijo en el audio, no se cumplen 80 todos los días. Hacía tiempo que no se veían, con la excusa del trabajo y otras cuestiones, no aparecía mucho por la casa de sus padres. No quería escuchar a su madre cuestionándolo por la falta de compromiso para formar una familia. Nunca entendió que era eso de formar una familia. Cada vez que él se lo preguntaba, ella le respondía: esto que hicimos con tu padre. Eso que habían hecho con su padre lo torturaba desde hacía mucho tiempo.
Cuando era chico su papá lo llevaba a fútbol dos veces por semana. El tío, un médico que nunca ejerció, comentó en un almuerzo de domingo que había una tendencia a la obesidad en la familia, y que era bueno hacer algún deporte para terminar con el estigma. Su padre tomó nota y al día siguiente Gustavo estaba practicando en el club del barrio. Además de la obesidad, su padre quería evitar que el único hijo varón de la familia se transformara en esos niños que nadie invita a los cumpleaños porque no saben patear una pelota. Es cierto que el fútbol hizo que lo invitaran a los cumpleaños, pero lo que nunca le preguntaron era si se divertía en las fiestas de sus amigos. Él se divertía, pero no jugando al fútbol.
Cuando terminó el industrial, su comisión organizó la fiesta de egresados y como no abundaban las mujeres en el curso, a pedido de sus compañeros de clase, le rogó a su hermana mayor para que fuera a la fiesta con amigas. Ahí conoció a Carolina. Esa noche bailaron un poco, compartieron bebidas y muchas más caricias. Salieron durante varios meses. Cuando cortaron, Carolina le dijo que el tiempo compartido había sido muy lindo y que le deseaba que pudiera transitar un camino que lo hiciera realmente feliz. En ese momento, él no quiso entender el mensaje. Igual, estuvieron en contacto de manera esporádica.
Gustavo se iba de viaje cada vez que podía. Le gustaba escapar de Buenos Aires para tomar aire y refugiarse en él. Entre viaje y viaje, conocía personas y bares. Salía con diferentes chicas y tal vez le presentaba alguna a su madre, quien se ilusionaba y al poco tiempo se lamentaba. Sus amigos dicen que Gustavo es una persona divertida, con sentido del humor y falta de compromiso para los vínculos de pareja. Su hermana lo acompaña en todo lo que puede. Fue ella quien lo ayudó a independizarse de la casa de sus padres y colaboró con su mudanza. En el último tiempo, Gustavo compartía pocas palabras y estaba bastante taciturno, su hermana tenía la sospecha de que algo no estaba bien, que detrás de esos periodos de silencio ocultaba algo. Cuando podía, visitaba a Gustavo en su local. Ahí escapaban de la mirada de sus padres y podían entenderse mejor, sin embargo, cada vez que ella trataba de acercarse con alguna pregunta sobre su estado emocional, él se alejaba un poco más.
Las reuniones de hermanos en el local se daban todos los viernes por la tarde. Un día, ella quiso sorprenderlo con el desayuno y en lugar de ir al local, le tocó el timbre de la casa. Le pareció raro que no atendiera pero pensó que seguro estaba con alguna de sus amigas y se fue. Cuando estaba esperando un taxi en la esquina, vio que del edificio de su hermano salía Carolina. Comprendió la razón por la cual su hermano no había atendido esa mañana, y pensó que tal vez por eso estaba tan alejado.
Carolina se había acercado esa mañana luego de intercambiar mensajes con Gustavo la noche anterior. Debatían el sentido de sus elecciones de vida. Gustavo le planteaba que elegir entre una cosa u otra no era elegir de manera genuina. Carolina repetía una y otra vez que el problema no es lo que se elige, sino tomar la decisión de elegir. En los últimos meses Carolina lo acompañó de manera más cercana. Ella sabía que tiempo atrás había tomado decisiones que no podía expresar. El miedo se apoderaba de él cuando pensaba en decirle a su madre que él no quería formar una familia como la que ella sugería. Él quería vivir libremente el amor que tenía por esa persona que mantenía oculta detrás de novias casuales, y que había perdido para siempre porque se cansó de estar en las sombras.
Las noches de enero en Buenos Aires invitan a tomar más de una cerveza. Mientras Gustavo va a la cocina a buscar otra bien helada, le manda un mensaje a su hermana y le pregunta si pueden hablar. Ella contesta que sí, pero que necesita saber si está de acuerdo con el menú del cumpleaños del padre. Gustavo le responde que antes del menú, quiere decirle algo.
*Valeria Baró nació en Buenos Aires y es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UBA.