#MujeresQueEscriben

La Transformación

Taller de escritura

Por Mercedes Turquet*

El olorcito llegaba hasta la calle: desde el otro lado de la puerta, el interior de la casa se insinuaba cálido, impregnado de un perfume áspero y dulce, grasoso, quemado. Entré como todos los días pero con un ansia aumentada. La mesa seguía igual, un rejunte de vasos con restos de vino y coca de la noche anterior, de tazas cubiertas con la borra reseca del desayuno, de migas, llaves, tickets. Yo imité los gestos que Julia habría tenido un rato antes, tiré mis llaves, mi SUBE y mis auriculares sobre la mesa, tiré mi campera sobre los pantalones que ella había dejado sobre la silla y fui directo a la cocina. La vi comiendo con las manos, parada contra la mesada de la cocina: la cadera apoyada de un lado contra el mármol, los pies descalzos y las piernas desnudas formaban una asana del árbol relajada. Me miró sonriente con la presa bien tomada entre los dedos y los labios. Las uñas y el pelo negro le brillaban, me contuve las ganas de acomodarle unos mechones que se interponían en su arte de comer. Le sonreí también y la observé: sin temor por la camisa celeste, tiraba con los dientes trozos de carne blanca, oleosa, humeante; se movía con voracidad hasta el hueso, lo dejaba sobre la mesada y tomaba otra presa. El compás de su pecho agitado, el parpadeo del tubo de la cocina, el zumbar de la heladera componían una canción conocida para mí, pero distinta a la de muchas otras noches. Cuando me acerqué para besarla me gruñó, me acarició la boca con su presa, saqué la lengua y ella apoyó un trozo de carne blanca, lo recibí con devoción. Muy lentamente la saliva empezó a brotar y metí la lengua junto con la ofrenda y cerré la boca. Julia me apretó los labios con las yemas y el perfume terminó de grabarse muy adentro mío. Entonces sí me besó. Y yo no quise masticar el bocado, solo quise tragarlo y recibir otro, y otro, y otro más.

* * * 

Durazno, zanahoria, melones, pera, berenjena, limones, manzana, banana, sandía, pomelos, higos, nueces, pasas, mandarina, un gajo y otro gajo de mandarina.

Agarrar el durazno, acariciarle con las yemas la piel y apoyarlo en ese lugar tan bonito de la cara que tiene un nombre tan feo como surco naso labial, abrir con ganas la cavidad nasal, la faringe, la laringe, la tráquea y los bronquios para rendirse ante el perfume dorado del sol.

Partir la sandía. Vulnerar su caparazón y hundir cuchillos y dedos en la viscosidad vítrea de su vientre. Abandonar toda razón ante a su carne fucsia rojo sangre preñada de semillas negras.

Sucumbir frente al violeta nocturno de las uvas, recostar un racimo en la palma de una mano y, con el índice y pulgar de la otra, arrancar uno a uno esos frutos redonditos y lustrosos. Meter una uva en la boca, dejarla pasear libre encerrada entre los muros internos de los labios y la porosidad de la lengua. Morderla, que explote y salpique de dulce acidez la cavidad entera.

Pelar una mandarina. Lento. Apreciar el crujido efervescente de la cáscara mientras deja al descubierto la esencia perfumada. Separar un gajo fresco y grumoso. Después otro gajo, y otro y otro más.

* * *

Le pedí a Gonzalo que me llevara a comer a la Astral.

—Si es por Julita, todo.— Me contestó.

La pizzería estaba apenas llena y pasaban un partido de San Lorenzo y Huracán sin sonido. Nos sentamos contra el espejo del lateral que reflejaba la barra de la pared de enfrente. Los camareros atendían rápido. Vestían camisa blanca con moño negro y gemelos en las mangas; llevaban los cabellos peinados con geles y perfumes, los rostros afeitados, suaves y lustrosos.

Nuestro mozo sirvió la cerveza helada y, antes de terminar el primer vaso, ya nos trajo la fugazzeta. La mozzarella, vibrante y brillante como un nirvana, se estiraba, se deshacía, colgaba grasosa de las porciones que no se terminaban de despegar. Todo lo salado que impactó primero en el paladar se cortó con la cebolla, ácida y fresca.

El partido seguía cero a cero, entre bocado y bocado me dediqué a repasar el vestuario de los jugadores, observé que las bermudas eran largas pero levemente achupinadas y con un tiro bastante holgado. Sueltas pero con agarre, aerodinámicas, se les pegaban en el abdomen y los muslos mientras corrían. Después ví a los jugadores barrenar de espaldas por el pasto, lanzar piernas voladoras y atajar pelotas escurridizas. Además de ser atletas sublimes tenían muy lindos culos.

Nos subimos a la moto con la panza llena. Iba detrás de Gonzalo, rodeándolo con mis brazos un poco por frío, otro poco para sentirlo cerca. Recordé que en casa teníamos un mantecol.

* * *

El fruto prohibido.

Tu mamá debe ser pastelera para hacer bombones como vos.

Mirá que te como.

Amiga, no sabés el churro que me comí,

te como entre dos pancitos.

Qué rico, qué sabroso,

sabor a mí.

Está picante, está potente, está caliente,

qué no se enfríe.

Las bacantes y las bacanales,

cosas dulces para hacerte.

Le llenaron la cocina de humo.

El banquete, es el libro en donde Platón reúne diálogos sobre el amor,

suculento, abundante.

La media naranja.

Chupar pero no morder,

exprimir, saborear, untar, lamer.

Comer con las manos.

 

*Mercedes Turquet nació en noviembre de 1981 en San Martín. Se licenció en ciencias de la comunicación social y se recibió de profesora de la misma carrera. Estudió y practicó fotografía. Desde 2009 se dedica a la docencia en diferentes ámbitos y niveles. Publicó cuentos y poemas en el blog de La Transformación, en la Revista Zigurat y en letrasenbytes. En 2025 participó de la Antología Erótica (El Obrador). Es autora del libro de relatos Las Podas (Editorial Caburé).    

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *