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La Transformación

Taller de escritura

Seguro ya sabés que en La Transformación nos dedicamos a difundir literatura de autoras, ¿no?

Hoy te quiero contar sobre la escritora franco argentina Mónica Zwaig, a quien leí por primera vez con su novela La interlengua (2023)

Zwaig nació en Francia, hija de padres argentinos que se exiliaron allí durante la última dictadura cívico militar.

Su obra, caracterizada por el uso del humor y la ironía, reflexiona sobre el lenguaje, la pertenencia y el desarraigo.

Dice Zwaig: “Me parece que el lenguaje es una gran pregunta por la identidad. El lenguaje es la identidad también. ¿Qué pasa cuando la identidad no está tan nacionalizada, no está tan fronterizada como debería ser? Yo creo que ahí también podemos hablar de un híbrido”

👉¿De qué trata La Interlengua?

Amanda nació en Francia, pero vive en Buenos Aires desde hace diez años. Domina dos lenguas, aunque decide aprender una tercera: el italiano. Mientras sus compañeros de clase estudian para emigrar y tener mejores posibilidades en el exterior, ella lo hace por placer. Entre discusiones apasionadas con docentes, vínculos amorosos que se transforman y el Mundial de Qatar, que enfrenta a Francia con Argentina, Amanda se encuentra dividida entre identidades. «La interlengua» es una novela divertida sobre lo que ocurre cuando ya no hablamos un solo idioma ni sentimos con un solo corazón.

-168 Páginas

-Editada por Blatt & Ríos

LA INTERLENGUA 

Capítulo 1

Empecé a estudiar italiano. Me tocó un curso donde todos trabajan para sobrevivir, no van al teatro, algunos vienen de provincia en tren para tomar la clase. Son un grupo de gente real y casi todos quieren sacar la ciudadanía italiana para irse del país. También están un decorador de interiores que trabaja sus telas de almohadones con altos-costureros de Milán, una jugadora de básquet de la selección nacional contratada para jugar en Italia y una médica de terapia intensiva. El profesor es un tipo joven, extremadamente feo y simpático. Se presentó como bilingüe y binacional y escribió una máxima en la pizarra al arrancar la clase: humildad. Insistió mucho en que nos íbamos a equivocar todo el tiempo, porque aprender un idioma es inevitablemente errar.

En la primera clase nos hizo dividir en grupos según el color de la ropa interior que teníamos puesta ese día. Los de ropa blanca, beige o gris fueron de un lado; los de negro, azul o violeta, fueron del otro. En el medio quedamos los de ropa de color. O sea que quedamos escrachados un chico y yo. Aprender un idioma es muy parecido a quedarse en ropa interior frente a desconocidos. El chico escrachado conmigo me contó que tenía calzoncillos verdes y yo le dije que mi bombacha era roja. A partir de ahí, nos tocó como ejercicio buscar las letras de Che bella idea de un tal Fred Bongusto. Esta canción habla de una mujer que invita a cenar a un hombre a su casa, se lo quiere levantar pero el tipo no entiende o se hace el que no entiende. No me quedó muy claro cómo termina porque me puse a pensar en otra cosa. Me acordé de todas las veces que busqué las letras de una canción argentina sola en mi casa a las dos de la mañana. Tuve insomnios tratando de entender a Los Redondos o a Spinetta. Pero esa época ya pasó. Ahora, cuando no entiendo, no sufro más.

Cuando llegué a Buenos Aires hace diez años, no me inscribí a ningún curso para aprender el castellano. Varias veces lo quise hacer pero la gente de mi entorno me decía que no lo necesitaba, que iba a aprender de a poco y rápido, gracias a la inmersión en la cultura argentina. El tema no era económico. Tenía diez mil euros que me había pagado la ONU por la traducción de un manual sobre la elaboración de índices de pobreza. Era una traducción del inglés al francés. Siempre sobreviví económicamente a costa de que, en algún lugar del mundo, haya gente que la pase peor que yo. En este caso, en África. Diez años después, ese manual debe estar tirado en el piso de una escuela quemada por tribus rebeldes del Congo, que antes de matar a todos los niños violaron a todas las maestras, y yo sigo en Argentina.

La gente de mi entorno pensaba que yo iba a aprender rápido el castellano y no me iba a costar tanto porque no era un idioma totalmente extranjero para mí. Era una lengua que había escuchado en la niñez, cuando mis padres discutían todavía en el mismo idioma en el que se habían enamorado. Por eso, cuando llegué ya conocía las palabras “plata”, “boluda”, “hijo de puta”, “macana”, “terapia” y “trabajo”. Además, recordaba palabras de mi madre que nunca había logrado traducir al francés, como camiseta, milanesa, empanada, repasador y cheto o cheta. Y conocía palabras que ella usaba en su idioma personal pero que yo siempre pensé que eran en castellano y cuando llegué a Argentina me di cuenta que no. Por dar un ejemplo, nadie me entendía cuando decía que me sentía muchi muchi, expresión que usábamos en mi casa para hablar de la melancolía de la vida, cuando te agarra aunque no sea domingo.

Ahora que lo pienso, la única vez que tuve plata y tiempo al mismo tiempo, vine a Argentina. Es más, vine a Argentina a encontrarle un sentido a la vida. Puede sonar ridículo. Pero en esa época yo no era humilde. No me refiero a no poder cometer errores. Me refiero a que pensaba que la vida era algo grande y que había que estar a la altura. Por eso me puse desafíos absurdos, como el de querer ser como todo el mundo en un país que no es el mío. Creo que confundí sentido de la vida con sentido de las palabras y viví el aprendizaje del castellano como una cuestión de vida o muerte. Al final, el baño de inmersión en la cultura argentina resultó ser un baño de inmersión en el idioma que escuchaba detrás de las puertas en mi infancia, esa época terrible en la que uno no sabe defenderse y no necesita coger.

Elaboré dos estrategias de supervivencia: primero, aceptar que soy muda en grupo, y segundo, avisar que soy extranjera y por eso cometo errores.
Soy muda en grupo –a veces me sorprendo hablando normalmente– porque mi cerebro procesa mucha información a la vez. Mientras entiendo lo que pasa, pienso en lo que quiero decir y cuando me animo a abrir la boca ya pasamos a otro tema. Además, a veces no tengo nada para decir porque me falta información. No tengo nada para decir sobre el Gauchito Gil, la provincia de San Juan, la mejor heladería argentina en los noventa, los barrios cerrados, el tren Urquiza, Haedo, Chascomús, las fiestas de quince o los viajes de egresados, y ya hace muchos años que no tengo domingos en familia como para tener algo digno de ser contado los lunes en el trabajo.

Segundo, aviso que soy extranjera porque una noche en un bar me agradecieron por eso, me dijeron: qué bueno que seas extranjera, pensé que eras tarada. Igual, trato cada vez más de no avisar. Pero cuando el profesor bilingüe y binacional nos dijo de presentarnos, lo mencioné al pasar. No generó ningún escándalo y me sentí con todo el derecho a equivocarme en castellano. Fue antes del juego de la ropa interior. Es normal que no entienda el italiano pero no sé si es normal que no entienda el castellano. Lo de los errores, a mí no me molesta cometerlos, yo dejé París.

Cuando dije que era francesa el profesor presupuso que conocía Italia, me preguntó a qué parte de ese hermoso país había ido. Pero no conozco Italia. Nunca fui a Grecia, ni a Turquía, ni a Marruecos. Y tampoco viajé al Sudeste asiático, a Rusia, Australia o a Islandia. A mí no me sirvió de nada nacer en Europa. Los lugares exóticos a los que viajaron mis amigos argentinos para su luna de miel o para olvidarse de un amante caprichoso los vi en la tele nomás. Entonces, le pedí perdón al profe por no conocer su país. Tercera estrategia de supervivencia: pedir perdón incluso cuando no tenés la culpa.

En la primera clase tuvimos que hablar en italiano, por más que no supiéramos ninguna palabra. Parecía una clase de teatro con alumnos tímidos. O nos callábamos o nos quedábamos a mitad de camino y pasábamos al castellano. El profesor trató de transformarnos. Dijo que para aprender un idioma había que ser caradura, que eso se dice faccia tosta en italiano. Lo escribió en la pizarra. Anoté en mi cuaderno esa expresión.

Algunos alumnos mostraron tener también un potencial de caradurez bastante alto. Por ejemplo, Antonio, un empleado administrativo de unos cincuenta y pico, que grita en vez de hablar, hace caer sus cosas en el piso e interrumpe a cada rato al profesor para pedirle que repita lo que acaba de decir. Sobre la situación de la canción de Fred Bongusto, Antonio dijo: es obvio que si una mujer te invita a su casa, quiere que pase algo más. Como lo dijo en tono de risa, nadie salió a profundizar ni a contradecirlo; yo tampoco. Estaba demasiado ocupada tratando de contener una emoción que me surgía de no sé bien dónde, que me llevaba a sonreír sola como si me anunciaran que se venía el armisticio después de una larga guerra. Pero no era más que la sonrisa del engaño, la misma que uno hace después de pasar por la aduana con droga, la que no borra los delitos pero suspende el tiempo. Me despertó de este estado levitatorio el próximo ejercicio: hacer un listado de todas las palabras italianas que ya conocíamos. Todos escribimos “pizza”, “pasta”, “pesto”. Yo sumé “fernet” y “campari”. Antonio, que conocía bien Italia, sumó vespa, gelato y voluto. No me acuerdo de los demás. Después aprendimos a contar hasta diez y el alfabeto.

El profesor nos explicó que en italiano existe el concepto de raddoppiamento, que implica doblar las consonantes y así se alargan las palabras. No es solo escrito, las dos consonantes mellizas se tienen que pronunciar. Por ejemplo, en las palabras que fueron raddoppiadas se pronuncian las dos “dd” o las dos “tt” o las dos “pp” o las dos “nn”. Así, las palabras “nono” y “nonno” significan dos cosas distintas. El nono es el noveno y el nonno es el abuelo. No hay que confundirse porque no es lo mismo vivir en el noveno que vivir arriba de un abuelo. Eso nos dijo el profe. El desdoblamiento de las consonantes lo tenemos también en francés pero es mucho menos frecuente que en italiano. En ese sentido, el castellano me había aliviado mucho: no se desdobla nada, no hay que perder tiempo en la duda. Solo me tengo que bancar mi propio desdoblamiento por el cambio de idioma.
Antes de irnos, el profesor escribió la palabra “interlengua” en la pizarra.

—Ustedes están en esa etapa ahora. Son niños que están aprendiendo a hablar y escribir. Un niño no sabe lo que es una mesa, escucha mil veces esa palabra hasta que un día la entiende. Esto es la interlengua. Es este periodo de no entender, de no tener las palabras para nombrar los sentimientos y las cosas. No se asusten, bánquensela.

Fue para mí una revelación. Había una palabra para nombrar todos estos años de aprendizaje del castellano también. No era solo una sensación mía, era algo comprobado. Cuando uno aprende un idioma nuevo es un idiota sin defensa por mucho tiempo.

El profesor siguió alentándonos a su manera.

—Recuerden por qué quieren estudiar italiano: ¿es para reconectar con los orígenes?, ¿porque tienen un abuelo o una bisabuela italiana?, ¿porque tienen amigos italianos y quieren comunicarse con ellos? Escriban en su cuaderno el nombre de una persona italiana cercana a ustedes; si ya se murió, no importa. Si se desmotivan pídanle a esa persona que les dé la fuerza para continuar.

Como no reaccionamos, insistió.

—¡Ya! Agarren sus cuadernos. Escriban el nombre de esa persona en la última página y un objetivo con el idioma hasta fin de año.

Todos nos miramos un poco desconcertados pero abrimos nuestro cuaderno. Como no tengo parientes italianos escribí el nombre de un ex noviecito de ese país, que conocí en Argentina. Me encantaban sus rulos y sus errores con el idioma. Muchas veces no nos entendíamos pero lo dejábamos pasar porque nuestra incomunicación no era un problema de pareja, era un tema lingüístico principalmente ligado a la difícil traducción de la ironía. Cuando hacía preguntas estúpidas o desubicadas, se lo perdonaba todo, porque era una forma de perdonarme mis propios errores. No lo tomé a mal cuando la primera noche que salimos me preguntó si yo era gauchita, porque le acababan de enseñar esa palabra y no sabía usarla. O a lo mejor sabía usarla y se hacía el tonto. Estuvimos más de un año juntos y nos separamos porque él quería volver a Italia, cerca de su madre. En un momento fantaseamos con vivir juntos en París, pero lo dejé plantado. Escribí su nombre en mi cuaderno y no escribí ningún objetivo. La clase terminó ahí y me fui para nuestra casa con Mario.

En el camino recordé la primera vez que escuché la palabra “chongo”, un viernes a la noche cuando acepté la invitación de unos colegas de ir a tomar cervezas después del trabajo. Hacía unos meses nomás que estaba en este país. Esa noche, estaba sentada en un sillón de tres plazas en un bar y mi colega de la izquierda apoyaba mucho su pierna sobre la mía, cuando la chica a la derecha preguntó en voz alta:

—¿Ya tenés chongo?

—No sé. ¿A lo mejor sí? Depende a qué le decís chongo.

—No sé cómo explicar eso —dijo la chica.

El chico a la izquierda tomó la palabra para explicarme que un chongo es una persona contra quien frotarse y siguió frotando su pierna contra la mía. Los demás parecían de acuerdo con esa definición. Después me fui enterando de que se podía tener varios chongos diferentes en la misma semana y a veces el mismo día.

Técnicamente Mario y yo ya no somos más eso; hace varios años que salimos e incluso convivimos. Pero desafiamos el diccionario argentino y nos mantenemos en esa categoría. Un poco es porque a mí me encantan las palabras que empiezan con “ch”, como chocha, chacho, chichón, chimento, chusmear, chancho, chabón, chirusa, chan chan. Otro poco porque estamos asustados. Yo, sobre todo. Me da miedo quedar atada a Argentina. Si sucede, sucede, pero si lo pienso, me hundo en la neurosis de la desarraigada.

La primera clase de italiano me generó insomnio. Me levanté y le mandé un mensaje a mi ex noviecito italiano. Algo simple, por Instagram: estoy aprendiendo italiano en el CUI, el centro de idiomas de la UBA. Después volví a acostarme al lado de Mario. Lo miré dormir un tiempo largo hasta que se me apareció la palabra “raddoppiamiento” como un tubo fluorescente en el baño de un bar. Me pregunté si las historias se pueden alargar como las palabras en italiano.

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