Crac (Seix Barral, 2005) es el nuevo libro de la cronista argentina Josefina Licitra. Es un texto autobiográfico que narra los desencuentros que la autora ha tenido con su padre.
Exiliado político en España desde 1978 a causa de la última dictadura cívico militar argentina, el padre es una figura intermitente en la vida de la autora. Se encuentran en Uruguay, donde hay un espacio seguro, y durante los viajes que ella hace a España a partir de su adolescencia.
La escritura de este libro se dispara a partir de una crónica breve, publicada en un medio brasileño, donde Licitra cuenta que su padre dejó de hablarle. Ella no encuentra el motivo para que eso haya sucedido. A raíz de esa nota, su familia paterna también toma distancia, y los vínculos se quiebran aun más.
«Soy sancionada y cancelada familiarmente y mi manera de salir de esa cancelación es escribiendo. Y todos esos pasos que uno cuenta como con cierta velocidad, la verdad es que me tomaron años y están muy ligados también a procesos vitales. Eran tomas de decisión narrativas o literarias pero a la vez vinculadas a cómo yo quería que continuara mi vida familiar. O sea, escribir no está desligado de buscar cómo volver a relacionarme con mi padre, aunque sea a través de un libro», dice Licitra en una entrevista con Hinde Pomeraniec para Infobae.
Algunas preguntas potentes que surgen de la lectura tienen que ver con el riesgo que afronta una mujer que escribe cuando hace pública parte de su historia familiar. ¿A quién pertenecen esos recuerdos, es necesario pedir permiso para narrarlos?
La autora las aborda mientras desarrolla la trama de esta historia, que va y viene en el tiempo. Un nuevo viaje de su padre a Buenos Aires -durante el cual ella sigue sin saber si él la querrá ver o no- sirve como puntapié para organizar el relato.
Crac es un libro que narra la relación entre una hija y su padre, y que muestra las marcas que, cincuenta años más tarde, aún quedan de la década del 70 en nuestro país.
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Lee el inicio de Crac
Fuente: Planetadelibros.com.ar
48 horas antes
El próximo sábado mi padre vendrá al país. No nos vemos desde hace diez años y dejó de hablarme hace ocho. Me enteré del viaje por su madre, mi abuela, quien hace unas horas me lo dijo por teléfono. Su llamada entró poco después de que me rompiera el pie izquierdo en mi clase de danzas. La atendí en el auto, mientras intentaba conducir con el derecho.
—Josita, ¡viene tu padre! ¡El sábado!
Su tono no era festivo. Hablaba como si viera un tornado en el horizonte. No supe qué responder. Me dolía demasiado el pie. Unos minutos atrás bailaba con la cabeza vacía y ahora tenía dos problemas nuevos compitiendo por el primer puesto.
No entiendo qué hice para lastimarme. Fue algo tonto que terminó con un crac. Llegué al auto con ayuda de mis compañeros y me fui escuchando «Breathe», el tema de Pink Floyd que había dejado puesto y que volvió a activarse cuando encendí el motor.
Después vino la comunicación. Desde temprano tenía llamadas perdidas de mi abuela. En general me busca porque me extraña, pero su insistencia era señal de que quizás había una urgencia. La atendí. Dijo lo de mi padre.
—Me enteré así, de repente. Parece que sacó el pasaje hace unos días. Carísimo lo pagó.
Se hizo un silencio. La clase de vacíos que no pueden ser tapados por nada que venga de otra parte. Igual hice mi intento:
—Creo que me quebré un pie.
Mi abuela se preocupó, hizo preguntas, le respondí lo que pude. Pero lentamente volvimos al tema original:
—No sé qué hacer con tu padre, Josita. Pero algo voy a hacer, te lo prometo.
Como todas las familias, esta también tiene disgustos. Y parece que el mayor de todos lo provoqué yo. En febrero de 2019 publiqué un texto sobre la relación con mi padre, quien vive en Europa desde que, en 1978, se fue de Argentina como exiliado político.
Hacía tres años que él no me hablaba sin que yo entendiera bien por qué, y mi incapacidad para encararlo y preguntarle eso, por qué, me había llevado a pensar que el problema tenía una profundidad tectónica a la que no se podía llegar mediante una conversación.
Urgida por comprender al menos algo, escribí una crónica. Podría haberlo analizado con un terapeuta o haber hecho mis exploraciones en silencio, pero escribí y publiqué tomada por una lógica sobre la que todavía me hago preguntas y de la que solo sé una cosa: cuando me desoriento, escribo. No conozco otra manera de condensar el vapor en el que flotan, todavía sin lenguaje, la vida y sus infinitos misterios.
Y después publico lo que escribo, eso sí. Nadie escribe para sí mismo.
El texto ahondaba en algo que todavía me perturba. A lo largo del tiempo, la relación con mi padre se había ido extinguiendo como una estrella que se apaga y deja un agujero negro en el espacio. Yo le hablaba poco. Y él apenas llamaba en los cumpleaños para saludarnos a mí —su única hija— o a mi hijo —su único nieto— con una incomodidad notoria que anunciaba el fin inmediato de la comunicación.
La última vez que conversamos duramos poco más de un minuto. Era el invierno de 2016 y yo estaba en la playa. Hacía frío pero había sol. Cuando sonó el teléfono, yo caminaba descalza y mi marido trotaba a lo lejos. Atendí. La presencia de mi padre se abrió paso entre el ruido del viento. Me dijo feliz cumpleaños, le agradecí, le conté dónde estaba, respondió algo breve, nos despedimos.
Nunca más volví a escuchar su voz.
Dos años después, en septiembre de 2018, llegó un mail titulado «Tu padre». El remitente era Juan Cruz Ruiz, uno de los fundadores del diario español El País. Solíamos escribirnos por temas de trabajo, pero esta vez el asunto era otro. «Desayunando en Pozuelo me saludó una señora. Y luego un señor —decía el mensaje—. ¡El señor Licitra! Tu padre tiene una bella sonrisa. ¡Besos!».
Pozuelo es un municipio de la Comunidad de Madrid, el lugar donde mi padre vive desde la década del 70. La señora de la que habla Juan Cruz es la mujer de mi padre. Ambos conocen a Juan Cruz porque lo leen en el diario; seguramente hayan sido ellos quienes se acercaron a saludarlo invocando el nombre de una persona —yo— a la que ya no le hablaban. Pero por fuera de eso, cuando recibí ese mail no pude deducir otra cosa.
«Querido Juan Cruz —respondí—, no tengo noticias de mi padre desde hace unos años y por razones que son una incógnita. Simplemente un día dejó de llamar. Muchos destacan su semblante afable. Yo no sé qué decir. Pienso en los «desaparecidos que en realidad están en Europa’, esa frase espantosa que se repitió durante la dictadura y que en el caso de mi padre es terriblemente actual —y cierta—. Algún día escribiré algo de todo esto.
Te mando un abrazo enorme».
A los cinco meses publiqué el texto en Piauí, una revista brasileña a cuyo contenido, en portugués, solo se accede en papel y mediante suscripción. Elegí ese medio por su calidad y porque no quería que la crónica estuviera disponible en la web y llegara a mi padre ni a nadie que pudiera conocerlo.
Era un material delicado. Reconstruía una parte de la historia familiar y hablaba de cómo la distancia engendra un silencio abrasivo, capaz de erosionar lazos que, culturalmente, están pensados para resistir casi todo. «¿Cuándo empezó a irse mi padre? —escribí—. ¿En qué casillero de la historia entran las familias como la mía, que quedaron pervertidas por el terrorismo de Estado pero no tienen un muerto, una foto en blanco y negro que reciba los honores del héroe? ¿En qué cueva de significados está nuestro pasado en común? ¿Cuándo y por qué mi padre dejó de quererme?».
Mi padre supo de esa nota al instante.
Quizás tenía un Google Alert con mi nombre —esa es, hasta el momento, la única explicación que encuentro—, así que accedió al magro contenido disponible libremente: el título, «Señor Licitra»; los primeros dos párrafos del texto —que hablaban de Juan Cruz Ruiz— y la llamada en tapa: «Historia de un abandono». Una línea que pensó algún editor —no la puse yo— y que abrió la caja de Pandora familiar.
—Tu padre no te abandonó. Adiós —dijo mi abuela unas semanas más tarde, cuando la llamé por su cumpleaños. Después me cortó.
Mi estrategia de publicación furtiva había sido, claramente, un fracaso. Tanto mi padre como la rama paterna de la familia me habían dejado de hablar. Con el paso de los años retomaría el trato con mi abuela, pero en términos generales, sobre todo en el primer tiempo, lo único que me quedó de mi padre fueron «cosas». Las cartas que me envió en la infancia, las fotos que nos tomaron, objetos.
Mientras intentaba adaptarme a ese silencio, empezó la pandemia. A principios de 2020, el covid se expandió por Europa y empezaron a llegar noticias e imágenes de un continente inmerso en un vacío apocalíptico. Las carreteras y calles estaban despobladas, los centros urbanos eran maquetas sin vida. Desde América Latina, donde el virus se expandió después que en Europa, mirábamos la televisión como si ahí estuviera el tráiler de la distopía que nos esperaba.
Volví a pensar en mi padre de manera recurrente. Aún no había vacunas y el terror a que uno de los dos muriera a 15 mil kilómetros de distancia me llevó a recalibrar mis mecanismos de duelo y buscar señales de su existencia. Su empresa debía estar en crisis. Su cuerpo también. No tanto por la edad que tiene —me lleva veintiún años— como por la prohibición de salir a correr: esa quietud lo debía estar matando.
Desde que soy chica mi padre corre a diario. En su mejor momento, cuando tenía entrenador y competía —incluso sin ser un deportista profesional—, lo hacía dos veces en una misma jornada, aun cuando eso supusiera volver de trabajar a las doce de la noche e ir a correr de madrugada. Eso veía yo en mi infancia, cuando lo visitaba en el verano argentino, que es el invierno de allá. Mi padre llegaba de la empresa tarde, se cambiaba y se iba en auto a la Casa de Campo: un parque descomunal al que yo no lo acompañaba porque no podía seguirle el ritmo y porque no me gustaba correr.
Ahora me gusta. Los años pasan y miro con sorpresa, como si fueran lunares que salen de un día para otro, las conductas y obsesiones que me unen a mi padre más allá de todo lo demás que nos separa.
En nombre de eso que nos acerca, le escribí un correo.
Siento que fueron muy duros conmigo, papá. Para mí, lo que escribí es un texto muy triste sobre tu distancia.
Así y todo, te pido disculpas. El mundo es un horror y no quisiera sumarle la incertidumbre de no saber cómo estás, el dolor de no poder acompañarnos de la forma que sea y la tristeza que me da, también, que no preguntes cómo estamos nosotros. No es un reproche: es un estado de cosas. Ojalá podamos cambiarlo.
Todavía está en Facebook la foto tuya con Joaquín sobre tus hombros. Ahora Joaco es un muchacho, mide más que yo, es una buena persona. Y está encerrado en casa, en plena adolescencia combativa, como todos sus amigos y compañeros. Y le digo siempre que la forma de atravesar esto es ser todo lo buenos que podamos ser. Acompañarnos, no pelear, querernos, ayudar a que las cosas sean menos difíciles. Y si se lo digo a Joa, ¿cómo no me lo voy a decir a mí? Y cómo no decírtelo a vos también.
Ojalá quieras escribirme.
Te mando un abrazo.
Apreté send y esperé.
Esperé.
Esperé.
A los tres días llegó su respuesta: la primera aparición de mi padre en años.
«El artículo que escribiste es inaceptable —leí—. Mis intimidades, ciertas o falsas, no tienen por qué ser objeto de tratamiento literario y aparecer en un medio de comunicación, ya sea en Argentina o en la China. Se trató de un misil bajo la línea de flotación en toda regla, que dinamitó lo que quedaba de nuestra relación.
Por lo demás, espero que vos y Joaquín sigan bien. Son jóvenes y no forman parte de grupos de riesgo. Si se cuidan y no cometen ninguna imprudencia, superarán este obstáculo».
Fin.
Como esos villanos que arrojan rayos de hielo y dejan a su víctima encerrada en un témpano, mi padre me tiró con algo que me paralizó. No pude volver a escribir. Entre 2020 y 2022 me comprometí con textos que no entregué —nunca me había pasado algo así— y me volqué al desarrollo de películas y series: una tarea fascinante que, si bien da cierto lugar a la mirada autoral, alimenta un engranaje infinitamente mayor en el que las ideas y la luz poética —si existen— son de todos y de nadie a la vez.
También me dediqué a hacer yoga, leer, cuidar mi jardín, jugar con mi perro, estar con mi marido, acompañar a mi hijo en su entrada escarpada en la adolescencia y tomar clases de danzas, urgida por dar con un lenguaje que pudiera prescindir de la palabra que yo ya no tenía. «Bailar —dijo una vez mi profesora, Margarita Molfino— es explorar el contacto entre el cuerpo y lo invisible. La danza puede ser una forma de poesía. Una forma de ejercer la no-palabra».
¿Volvería a escribir? Temía convertirme en eso que Enrique Vila-Matas definió como «los escritores del no». Autores que, por cansancio precoz, por falta de ideas, por miedo al fracaso o porque tenían demasiadas ganas de pasear, beber y contemplar —es el caso de Oscar Wilde— abandonaron la escritura como quien deja los lácteos o se muda de barrio.
Perturbada por esa posibilidad, dejé como dispositivo de rescate un acuerdo: firmé para publicar este libro. Puse un reloj en cuenta regresiva con la convicción de que, si había una chance de que yo recuperara mi voz, estaba en el acto mismo de burlar la sanción que había caído sobre ella.
No es un mecanismo original. En Cuchillo, Salman Rushdie escribe para romper el maleficio que cayó sobre su producción literaria tras el atentado que sufrió en Estados Unidos. Si él no hablaba primero del ataque y del extenuante proceso de reconstrucción de sí mismo que vino después, iba a ser incapaz de publicar otra cosa más adelante. Escribir sobre el atentado fue la forma de hacerlo suyo. De apropiarse del daño que le habían provocado y ser algo distinto de una víctima.
En el caso de mi padre, escribir un libro sobre nuestro desencuentro fue el recurso al que pude echar mano para que él dejara de ser un fantasma y se convirtiera en un personaje literario.
Sin embargo, desde la firma del contrato editorial hice algunas entrevistas y tomé algunas notas, pero no pude escribir una línea. Primero, no encontraba una estructura ni tenía un detonante: un evento externo y con peso narrativo que explicara por qué ahora y no en otro momento contaba esta historia. En casos así, los detonantes clásicos son las muertes: muchos libros y películas sobre las madres y los padres comienzan en una sala velatoria. Pero yo no podía ni quería esperar eso y quedé entrampada en una paradoja: escribir con mi padre vivo era mi forma figurada de matarlo. Y matar al padre no es fácil. Hay como quinientos libros sobre el tema.
La segunda razón por la que me costaba sentarme a escribir es que mi «urgencia expresiva» —por llamarla de algún modo— estaba repartida con el mundo audiovisual. Ver cómo un guion se convierte en una serie o una película con caras, voces y detalles que hacen a la concreción de un universo me tomó la cabeza como escritora y espectadora. Y me hizo observar con menos ansiedad y, tal vez, más derrotismo mi producción literaria.
¿Tenía sentido alimentar la maquinaria editorial —desde la tala del árbol hasta la mesa de saldos— con un libro mío, para más sobre mi padre? La pregunta era un lugar común, pero a la vez era cierta. Hasta que apareció algo todavía más molesto y musculoso que esa duda: la necesidad de escribir. No hablo de un impulso productivo, sino de un hervidero personal. De repente, como esa arveja en la cama de la princesa, un pensamiento empezó a incomodarme.
Hay algo
del tamaño de un guisante seco
que no he escrito.
Que no he escrito bien.
No puedo dormir.
Escribió Ursula Le Guin. Eso fue.
Vivir sin escribir se volvió difícil. Marguerite Duras dice que escribimos para producir silencio —y no al revés— y podría tener que ver también con eso: con la urgencia por atravesar, otra vez, mi salvoconducto a la nada, a ese espacio íntimo y oscuro del que emergen las ideas como la vía láctea en el cielo.
Tenía que ir a ese altar. Y debía llegar con las manos cargadas. ¿Pero qué tipo de animal era capaz de ofrecer? Si bien tenía algunos esbozos de cuentos y novelas, todos venían con una cláusula de entrada: si quería desarrollarlos, debía ocuparme antes de esa otra cosa que necesitaba ser dicha.
Para hablar de todo esto fui a ver a Luis Gusmán, psicoanalista y escritor. Gusmán atendió a mi madre, psicoanalista también, durante treinta años. A esta altura no está claro quién le dio el alta a quién. Lo que importa es que Gusmán es uno de los mejores escritores vivos que hay en la Argentina y que sabe tanto sobre mí que me evita contar el anecdotario de cero.
—Mi padre me retiró la palabra y dejé de escribir —resumí—. O sea: escribo guiones. Pero hay otro tipo de escritura que ya no puedo encarar. Encima firmé un contrato por un libro. Para qué. Me llené de trabajo y nunca tengo tiempo.
—Y bueno… tu padre te desheredó. Suena razonable que te dediques a trabajar sin parar. Yo haría lo mismo.
Shock. Eso no lo había pensado. ¿Querría Gusmán ser mi papá? En esa época veía a mi padre en todas partes (era Al Pacino en El Padrino 3, era Kendall Roy en Succession) y lo buscaba en otros hombres de a pie. Gerardo, el electricista tupamaro que me arregla las cosas en casa y fue el mejor amigo de Gabriel Schroeder, uno de los personajes de mi libro 38 Estrellas (publicado en 2018, antes del mail lapidario de mi padre). Marcelo Mendiburu Eliçabe, Fideo, el mejor amigo de mi padre en los setentas, un tipo autocrítico y sensible al que vi hace unos meses. Mi maestro Luis Gruss, quien murió en la pandemia pero dejó sus libros, a los que aún acudo para hablar con él. Cada uno de esos hombres tenía el nombre de mi padre, del desprecio ajeno que había germinado en mí y que me hacía ver el mundo como una criatura abandonada.
En su libro El silencio. Lo invisible en la vida y en el arte, Gruss —a quien conocí cuando estudiaba periodismo y con quien mantuve una amistad a lo largo de las décadas— cita a un maestro chino llamado Su Dongpo, quien escribe que «antes de pintar un bambú, este debe crecer en el interior del artista». Una forma de decir que la creación pone afuera lo que ya existe dentro, y que ese pasaje solo puede suceder cuando hay lenguaje.
En cuanto a mí, yo ya sentía que me había crecido algo. Bambú, tristeza o resentimiento —da igual— algo había, pero yo no lo podía pintar.
—Lo de no escribir «ni acá ni en la China» me liquidó. No sé qué hacer con eso —le dije a Gusmán.
—Cuando publiqué El Frasquito —respondió— mi padre me dijo «hablaste demasiado de nosotros». Yo lo miré —Gusmán levantó los hombros: el gesto de algo inevitable—. Así que en el libro siguiente abrí con una cita de Lezama Lima que dice «Este libro es autobiográfico hasta donde me fue posible».
Traté de retener esta frase. Otro de los síntomas que detonó mi padre con su ausencia tan activa es mi falta de memoria. Estoy tan pendiente de lo que no escribo que el resto del mundo empezó a diluirse. Libros, películas, charlas, acontecimientos: olvido todo. Paso por la vida como si me deslizara por un piso plastificado.
—Otra cosa que me parece increíble es que mi padre haya elegido seguir vivo para todos, menos para mí —seguí—. A mí me devolvió al mostrador. Vine fallada, no cumplí con las expectativas. Eso, por un lado. Y por el otro, ¿cómo es posible que eso me aniquile? Dentro de poco voy a tener cincuenta: más del doble de la edad que tenía mi padre cuando se fue a España. No entiendo por qué no puedo mandarlo al carajo.
—Una vez estábamos con Manuel Puig —dijo Gusmán—, salió una nota sobre él y vi cómo tachaba cosas en el diario. Tachaba la palabra «homosexual» para que no la leyera su madre.
—¿Le tenía miedo?
—Es posible.
—Yo no tengo miedo. Es enojo. Los padres que no quieren a sus hijos deberían ser enjuiciados. Debería ser obligatorio amar a un hijo que decidiste tener. Y ante la imposibilidad de hacerle juicio, necesito escribir. Tengo que escribir para hacer justicia.
—¡Es demasiado peso para un libro!
—Puede ser. Además pienso «uf, otro libro sobre el padre». No es original. Por eso también me cuesta.
—No es sobre el padre sino sobre la ausencia del padre. Después los temas siempre son los mismos, Flaubert lo dice en su correspondencia: ya está todo escrito.
Se hizo un silencio.
Gusmán reclinó su torso flaco hacia adelante. Parecía una comadreja merodeando un nido.
—¿La historia es buena? —preguntó.
—Sí.
—Eso es lo primero que debería importarte.
Estaciono el auto frente a casa y le pido a Joaquín, por Whatsapp, que me ayude a salir. Mi hijo llega con su cuerpo largo y desgarbado, y al verme se queda boquiabierto.
—¿Cómo te viniste sola en auto?
La caja es automática y yo necesitaba manejar. Disfruto de la soberanía sobre mí misma que siento al volante. Ese estado incluso me lleva a una escena recurrente: cada tanto imagino que voy a buscar a mi padre al aeropuerto. No lo hago en este coche, sino en el Honda Fit que tuve hasta hace una semana. Un modelo 2005 con mañas suficientes como para mandar el mensaje de que «lo maneja el que sabe». En mi fantasía enciendo un cigarrillo —no fumo—, hago cambios, insulto a los idiotas, ignoro con autosuficiencia y naturalidad la periferia triste que se abre a los costados, le hablo a mi padre con el cigarrillo en la boca y le digo:
—Manejo.
En Diario Inconsciente, Santiago Loza dice que los cigarrillos son dispositivos que ayudan a medir el paso del tiempo en cárceles, psiquiátricos y demás espacios de encierro (y el trauma es uno de esos lugares). En alguno de sus muchísimos textos Hernán Casciari dice que conducir es pasar a la adultez. Pero lo importante ni siquiera es esto, sino la insistencia en echar mano a nombres de escritores para avanzar con mi libro. Nunca fui fan de las citas. A más de un alumno le llegué a decir, en algún taller, que es mejor tomarse el trabajo de buscar palabras propias en vez de robarle las ideas y la sintaxis a un colega. Y sin embargo acá estoy. Manoteando autores como si pidiera ayuda antes de ir a la esquina a agarrarme a trompadas.
Ahora escribo en mi escritorio, con el pie apoyado sobre un CPU viejo. Los dedos me estallan, pero siento una premura y más vale que la aproveche. Trabajo en el libro hasta la medianoche. Ahí el dolor se vuelve insoportable y le pido a Ale, mi marido, que me lleve a una guardia.
Uno de los grandes puntos de luz de esta relación es que no vivimos juntos, pero nos acompañamos siempre. Al llegar a la clínica nos dan una silla de ruedas y una indicación para llegar al servicio de traumatología. Damos tantas vueltas que nos perdemos. Ale va a buscar orientación y me deja en el cruce de dos pasillos vacíos y alumbrados por un tubo de luz que titila. Cierro los ojos y pienso en zombis. The Walking Dead, Zombieland y Tren a Wuhan tienen escenas en lugares así.
Un rato después llegamos a destino: una casilla atendida por un médico de ojeras negras y mirada ausente.
—Te fracturaste, esto es quirúrgico. Te voy a inmovilizar el pie. La semana que viene, venís para que te miren y te den fecha de operación.
El médico no involucra un solo sentimiento en el asunto. Habla como si afilara mecánicamente una navaja. Me doy vuelta sobre la camilla, doblo la pierna en noventa grados y dejo que me la llene con cachetazos de yeso. Lloro en silencio.
La palabra «operación» me abruma. A lo largo de mi vida me operaron ocho veces —cuatro de ellas, las más cruentas, en mi infancia y adolescencia— y me quedó fobia al quirófano. No hablo de rechazo ni aversión: es un estado mental que rompe todas las brújulas. Lo supe cuando nació Joaquín. Me llevaron a cesárea después de ocho horas de trabajo de parto sin dilatación y la imagen de las luces del techo pasando sobre mí —yo iba acostada en una camilla— me desató un ataque que solucionaron con un inyectable. No vi nacer a mi hijo.
Me voy de la clínica sin saber qué de todo lo que está pasando me desequilibra más. Mi madre, en quien todavía me refugio en estos casos, se fue diez días de viaje después de varios años complicados y no voy a molestarla. Estoy momentáneamente huérfana. No puedo moverme. Quieren operarme. Mi padre llega en dos días. ¿Voy a escribir o qué?
En un libro llamado Escribir un poema es como atrapar un pez, la poeta brasileña Odilia Lopes habla de la escritura como una pesquisa inviable y necesaria a la vez. Inviable porque en el momento en que el pez se atrapa, muere. Necesaria porque escribir es una práctica ligada a la supervivencia. Eso convierte la escritura en algo orgánico e impropio. Si quisiera ser dramática diría: en una actividad de riesgo.
Algo de esto se enunció a mis diecisiete años, poco antes de una cirugía. Nací con una malformación de consecuencias múltiples: me faltaba el pabellón de una oreja —intentarían rehacerlo dos veces, sin suerte—, un lado de mi cara tenía menos movilidad que el otro —sin solución hasta el momento— y el maxilar derecho estaba más alto que el izquierdo: una asimetría que podía reducirse mediante una operación muy compleja y con un posoperatorio cruento.
Antes de fijar la fecha de este último procedimiento, fui llevada a que me hicieran una «carta de biorritmo». Mi madre encabezaba todas las gestiones y la carga emocional de la operación, además de compartir los gastos con mi familia paterna, pero mi abuela —su exsuegra, constituida como una filial de mi padre en Argentina— había puesto una condición para aprobar la intervención: que una mujer recomendada por su gurú naturista —el de mi abuela— analizara mis ciclos biológicos en el aspecto físico, emocional e intelectual, para ver en qué fechas mi energía estaba en su pico y era mejor operarme. Allá fui.
El veredicto, de varias páginas, tenía un único punto que recuerdo: en un tramo había una frase admonitoria. Una advertencia tan exacta que, al leerla, mi madre dio un respingo y repitió la línea como si la hubiera subrayado con resaltador.
«Cuidado con lo que firmás» decía.
Desde entonces me acuerdo de esa oración. No sé a qué se refería la experta del momento, pero sé que mi escritura, invariable y peligrosamente, lleva mi firma.
